martes, 3 de febrero de 2015

La innegable carrera espacial de la República Argentina. El satélite ARSAT-1 y el lanzador TRONADOR II.

Los mojones históricos que funcionan como referencias temporales para los argentinos suelen nacer de los mundiales ganados, las megadevaluaciones o, lamentablemente, los golpes de Estado. Sin embargo, el año pasado un hito distinto logró colarse en el imaginario social con una fuerza poco común para un desarrollo tecnológico: el lanzamiento del Arsat-1, el primero de una serie de tres satélites de telecomunicaciones geoestacionarios diseñados y producidos en nuestro país por encargo del Estado.

El responsable de producir ese satélite fue Invap Sociedad del Estado, una inusual empresa perteneciente a la provincia de Río Negro, pero controlada por el Estado nacional a través de la Comisión Nacional de Energía Atómica y que tiene más de cuarenta años gestionando y produciendo tecnología de punta en nuestro país. El licenciado en Física Héctor Otheguy ingresó a Invap cuando ésta comenzaba, a mediados de los ’70, y es su gerente general desde hace veinticuatro años. Como él mismo explica, es imposible comprender que Argentina haya ingresado al selecto club de productores de satélites sin analizar la trayectoria de esta empresa que ha gestionado y desarrollado un sinnúmero de emprendimientos tecnológicos complejos, que incluye desde centrales nucleares a radares primarios.

Otheguy, quien egresó del Instituto Balseiro, cuenta que ya los primeros proyectos de Invap tuvieron que ver con producir elementos que permitieran un desarrollo tecnológico autónomo como el enriquecimiento de uranio, la construcción del reactor de investigación RA-6 que aún hoy es clave en la formación de ingenieros nucleares en la Argentina y el desarrollo de circonio, un metal fundamental para la industria nuclear que se le retaceaba a nuestro país: “En ese momento lo vendían Francia y Estados Unidos. Eso disparó que las autoridades de la CNEA decidieran desarrollarlo localmente”. Todos esos proyectos se desarrollaron dentro de los tiempos previstos y aún hoy funcionan como pilares sobre los que se apoyó una industria nuclear que hoy está completa.

¿No es raro que una empresa dedicada a lo nuclear desarrolle satélites?

–Claro. En realidad si uno dice por qué se metieron en lo espacial, por qué se metieron en los radares, en ningún caso fue por una decisión estratégica o que alguien se iluminó y dijo: “Vamos a ir para acá”. En general fue la necesidad de sobrevivir viendo que la demanda por el trabajo que habitualmente hacíamos se venía abajo y teníamos que reemplazarla por otra cosa.

Eso fue en los ’90, pero ahora están pasando por un momento de gran crecimiento.

–Desde el 2004 hemos multiplicado por cuatro la cantidad del personal estable de Invap. Pasamos de 320 a más de 1200 y estamos con tendencia a seguir creciendo por todos los trabajos que tenemos en el país y en el exterior. Ni hablar de la facturación: pasamos del equivalente a 30 o 35 millones de dólares en 2004 a prácticamente 200 millones ahora. Se desarrollaron áreas nuevas, como la de radares o los satélites. Pero acá hay algo importantísimo: no fue que se decidió hacer un solo satélite sino que se hizo un plan de tres satélites para ocupar las posiciones argentinas porque se perdían. Este es el elemento importante; si a nosotros nos dicen: “Hay que hacer un radar para controlar la zona de Mar del Plata” y nosotros lo hacemos pero no hay más demanda, no hay una planificación de mediano y largo plazo, no tiene sentido hacerlo. Ahora se hace uno, lo probamos, pero inmediatamente después hacemos ya la serie y después el mantenimiento durante toda su vida útil. Es fundamental tener un plan de mediano o largo plazo que haga sustentable el desarrollo.

Todos los proyectos que hace Invap son de larguísimo plazo. ¿Cómo se pueden planificar proyectos así en un país con políticas tan cambiantes?

–Evidentemente eso es parte del desafío. Uno no puede planear algo así al milímetro, con una precisión alemana. Uno tiene una dirección y en el día a día, semana a semana, va adoptando las decisiones que nos van llevando hacia donde queremos ir. Pero hay imprevistos. Una decisión muy importante que se toma cuando uno planifica es “qué voy a comprar” y “qué voy a desarrollar y fabricar”. Por ahí algún producto no se consigue pero hay alguien que tiene un nivel cercano, se lo puede ayudar a mejorar y hacer que llegue a producir lo que necesito. Vemos también qué cosas conviene hacer en nuestro país para tener el control de la tecnología. Lo hacemos aunque a veces nos sale más caro o lleva más tiempo efectuar ese seguimiento que importarlo. Pero en ese caso se gastarían más divisas y además iría en contra del estatuto de Invap. El objeto social de Invap es la creación de fuentes de trabajo en el país, a diferencia de otras empresas que tienen como pilar fundamental la ganancia.

¿Qué importancia tiene el desarrollo tecnológico en un país como Argentina?

–Hoy pretender vivir nada más que de las materias primas o de las materias primas semielaboradas implica dar trabajo al 5 o 10 por ciento de la población. ¿Y el resto qué hace? Algunos pueden dar servicios, turismo; hay algo más que se puede hacer pero no sirve para dar trabajo a todo el resto. Ya nos ocurrió en Invap a fines de los ’80, que llegamos a ser más o menos como hoy o un poquito menos, unas mil cien personas, y luego tuvimos que hacer una reducción a menos de la mitad. Se habían cortado los proyectos del país en el exterior; teníamos algún contrato que el gobierno de entonces, por razones políticas, cortó. Entonces drásticamente se redujo la cantidad de trabajo y, como nosotros no tenemos subsidios ni nos pagan los sueldos desde el Estado, tuvimos que reestructurar la empresa. Después conseguimos algunos contratos afuera. El reactor que construimos en Egipto nos salvó la década del ’90 básicamente. Después empezaron a aparecer otras cosas acá en el país.

¿Es importante la decisión política para generar proyectos de tan largo alcance?

–Cuando se lanzó el satélite (Arsat-1), si uno miraba los medios de comunicación dominantes, en general rescataban la labor de los científicos argentinos, lo cual está bien. Es un acto de justicia reconocer que hubo un esfuerzo de los profesionales y técnicos que trabajaron. Pero soslayaron totalmente que eso es necesario pero no es suficiente: tiene que haber una visión política del grupo que conduce el país, que dice “vamos a tomar una decisión que tiene un riesgo”. Porque si este satélite salía mal iban a preguntar “¿Por qué hicieron esto? ¿Por qué no compraron afuera?”. Hay que tomar una decisión que no es fácil y que tiene un riesgo para el que la toma, pero es la dirección que debe tomar el país. Esa receta este gobierno la empezó a aplicar con unas cuantas cosas más, no sólo en lo nuclear sino en lo espacial, lo satelital con sus subdivisiones. De manera que si uno da trabajo a científicos y técnicos de su país no sólo ahorra divisas: el mantenimiento se hace acá, se favorece la repatriación de científicos, se abre la posibilidad de exportar, lo que genera más puestos de trabajo, que es el gran objetivo. Eso es lo que hacen, han hecho y siguen haciendo todos los países industriales del Este y el Oeste: usar inteligentemente el poder de compra del Estado. Se genera una serie de trabajos, no sólo en la empresa madre que es la que tiene el desarrollo, sino en cientos de empresas. En un satélite intervinieron 140 organismos y empresas argentinos. Se adquieren capacidades que se pueden aplicar en otros proyectos. Entonces este círculo virtuoso es lo que hoy estamos experimentando y es lo que nos tiene muy contentos.


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